Si hay un pueblo que aguarde la llegada de abril, con la misma emoción que si a desposarse fuera, ese pueblo es Alcoy. Pese a conocerlo sobradamente, te juro, lector, que no llegué a descubrirlo hasta hace poco, por razón de una andadura a la que me llevó este condenado oficio de emborronar cuartillas.

Fuera de abril, pues si, verás un pueblo más bien serio en apariencia, entregado por entero al toma y daca, que se mueve con prisas y al que azota un tráfago incesante. Si viajante o dado al comercio eres, no es menester me extienda más en su biografía, que harta la tendrás del mismo. Pero doy por sentado que tú no estuviste jamás en él y de ahí que elija abril para mostrártelo. Los pueblos, como el paisaje, tienen sus momentos para la contemplación. Y Alcoy es en este mes —sólo unos días abre de par sus puertas para ello— cuando debe verse, que entonces aparece tal y como Dios lo crió, con su verdadera y auténtica personalidad.

Te maravillará, antes que nada, su paisaje. Acostumbrados a esas leves, kilométricas ondulaciones de terrazgos penibéticos, a esa monótona, infinita planicie de sementera castellana, a la verdor sofocante de los arbolados montes y tierras norteñas, la hoya de Alcoy apunta original, grisácea su canción de piedra pura, contorsionada y cerril. "Sierras ásperas, amontonadas", dijo de ellas Gabriel Miró. Tal vez lee venga a este pueblo la insobornable vocación que siente por el esfuerzo diario de no conocer la horizontal.

A modo de colosal anfiteatro rodéalo un cinturón de montañas que, salvo la barrocada del Carrascal —verdeoscuro de espesas encinas—, todo él es sereno, clásico. Alberri, El Castellar, La Serreta, El Puig, montes todos que están por los mil metros. Desde cualquier cumbre verás cómo negrea el casco viejo del pueblo, a lomos de una pina lengua de tierras de aluvión, arracimado de casas, aupándose gomiosas por otear la barranca y el menguado río. A la otra banda, la ciudad ensanchada, maquillada de colorines urbanos, sobre el verde de escasas huertas condenadas también a urbanizarse. Y de una a otra parte, hermanando lo nuevo y lo viejo, largos puentes de alturas impresionantes.

Algo reclama, a las primeras de cambio, la atención de tus ojos en esta hoya de Alcoy: el azul radiante de su cielo y la exagerada limpidez de su airee. Dudarás, como yo, que en todo el Levante haya un azul tan heráldico como el azul del cielo de Alcoy Puede que los grises de sus montañas desnudas lo pongan subido de tono. De la transparencia del aire sólo te diré que montañas distantes una treintena de kilómetros —la Serrella, por ejemplo, la sierra más sierra de todas las del montañoso septentrión alicantino, pese a que la Aitana 1.558'01 m..), nutricia y materna, sea más señera y alta—, las ves desde el pueblo claras, limpias, con sus tajos, hoces y desgarraduras. Nada empaña el aire: ni una neblina, ni una bruma, ni siquiera el humo industrial de ¡a ciudad. Mas bien dijérase que no hay atmósfera, En esto Alcoy no es velazqueño, sino daliniano.

Pues este pueblo, que debe verse en abril, repito, cuando esta a punto de caramelo, guarda para su exclusiva degustación la fórmula de unas fiestas de Moros y Cristianos que muchos otros desarrollaron sin haber dado en el clavo. Y que me perdonen ellos Como la Semana Santa es a Sevilla, y las Fallas a Valencia, y la Feria de Abril a Jerez, y el Misteri" a Elche, y los " Sanfermines " a Pamplona, así los Moros y Cristianos son a Alcoy. Una especie de marca registrada la que tiene este pueblo, que nadie puede usar de ellos con mayor propiedad.

Si se tratase, en esto de los Moros y Cristianos, de un plato típico, podríamos decir que es el agua el secreto de la fórmula. Y no digo que ella no tenga su parte, que la de Alcoy es sabrosa, de molla, como pocas. Pero en los Moros y Cristianos de Alcoy entran en juego factores que no son fáciles de improvisar: una experiencia de siglos, el mes de abril, la clivosa configuración del pueblo, el ingenio fantasioso de los alcoyanos, la referencia histórica y hasta la singularidad de una bebida que no te la imaginarías nunca, no digo esto en son de reproche a los del pueblo, pero todo hay que decirlo, lector. Que la bebida —"café-licor"— es, para el caso, como esa copita de Jerez que las mujeres acostumbran a echar al guiso para aderezarlo.

Ya sabes, lector, que toda esta parte levantina fueron tierras de moros y que en el medievo hubo en ellas sus luchas a muerte entre aquéllos y los cristianos. Alcoy —uno de los pueblos menos moro de ¡a contornada: ¡paradojas de la vida!— tuvo la desgracia de que lo atacasen los moros, cuando el segundo levantamiento de éstos, allá por 1276. y la suerte de que en la refriega la palmase nada menos que el jefe de la sublevación, Al-Azraq, enemigo acérrimo de Don Jaime. San Jorge, patrón de catalanes y aragoneses, cuentan libros y papeles viejos se apareció en plena, lucha y dirimió la contienda a favor de los suyos. Bueno, pues ese girón de historia se reconstruye en las calles de Alcoy, todos los años por abril. a modo de auto sacramental o romance fronterizo, sin que la historia flote opaca y barbuda, si no más bien sirviendo de cita para el discurso.

No ha tenido Alcoy necesidad de improvisar, como muchos otros pueblos, unas fiestas mayores en honor al patrón tal o cual, con actos comunes a todas las fiestas de todos los pueblos: el archisabido certamen, la función de teatro u ópera, la procesión, el castillo de fuegos artificiales, los bailes típicos, etc. No. A Alcoy le dio el curso de la vida una fiesta hecha. No tuvo más que ponerla en marcha. Y la pone puntual por abril de manera emotiva, con todo el gozo de su corazón, con la alegría de un chico con zapatos nuevos. De ahí, insisto, en que si algún pueblo aguarda la llegada de abril, ese pueblo es Alcoy. Mira si la aguarda que los suyos cuenta el tiempo en razón de los meses o semanas que faltan para las fiestas, aunque hubiesen éstas terminado ayer, Y así oirás exclamar a los alcoyanos: "de hoy en ocho meses, la "Entrá"; del lunes en seis semanas. San Jorge". Porque es un año, y otro, y toda la vida la que pasan esperando abril, la eterna primavera de Alcoy.

Y ¿qué tienen estas fiestas de Moros y Cristianos que prenden como pocas en el alma del forastero? Ahí está el busilis. Por si ello te sirve de respuesta, sólo te diré, lector, que el general Primo de Rivera, siendo capitán general de Valencia, estuvo en Álcoy por fiestas y no resistió la tentación: se vistió de moro. Y el cardenal Sancha, arzobispo de Valencia primero y primado de España después, no llegó a tanto, pero en la casa donde se hospedaba vistióse de moro y así se dejó retratar. Y como el familiar o canónigo que le acompañaba expusiera sus reparos, Su Eminencia atajóle campanudo: "Nada de particular tiene. Es el hábito de un cruzado". Y dijo bien el cardenal. Alcoyano hubo que, para su mortaja, exigió el Traje de cristiano o moro de su predilección. Traje llaman los de Alcoy a la ropa del festero.

El formar en una escuadra mora o cristiana te ganará para siempre el día que veas esta fiesta. Y si llegan a formar, ¡pobre de ti! estás perdido. Director de Banco hubo que, destinado a La Coruña, tras algunos años de residir en Alcoy, todos los abriles, indefectiblemente, tomaba el camino para vestirse de cristiano. Con decirte que hay comparsas —una de ellas mora, la llamada "Cordón"— que las fundaron frente que no era de Alcoy, está dicho todo, Esa que te apunto, su autor, Antonio Cordón —de ahí el nombre—, era nada menos que un saladísimo barbero andaluz. ¿Quieres más, lector? Hay que ver a los alcoyanos, vestidos de moros o de cristianos, cómo reverberan sus caras, en la alegre "Diana", la luz nueva del día y la balbuciente sonrisa del sol. La "Diana" es un pregón musical —veintisiete bandas de música—, que despereza las calles silenciosas, inyectando a todos ansias de vida. Los sones veintisiete veces repetidos de optimistas pasodobles, imantan a la gente de las tibias alcobas y la empujan a los balcones. Así empieza la fiesta. Y no parará en tres días. Durante ellos se vive materialmente en la calle, de espaldas a todo. Los ojos acaban cansados del espectro, como en una larga sesión de cinemascope a todo color.

Ahora es la "Entrada de Cristianós". al filo de mediodía, la que te muestra dalmáticas y cascos, tizonas y escudos de guerreros cruzados, ora peones, ora caballeros, desfilando como aquéllos que Manuel Machado pintara en su Castilla, bajo "El ciego sol, la sed y la fatiga". Luego es la "Entrada de Moros", en la larde llena y soleada, henchida de melodías enervantes, timbales y chirimías, esmaltada de turbantes y chilabas, alfanjes y espingardas, policroma de rojos, verdes, amarillos y azules, la que te embruja. Después, en la batalla, huelen a pólvora todas las esquinas urbanas, por el fuego de dos mil arcabuces violentos y encorajinados. Versos sonoros de dramática epopeya, recitados con énfasis, en las "Embajadas". Lucha cuerpo a cuerpo, arma a arma, de los capitanes. El castillo sabe de derrota y victoria. La cruz roja de San Jorge triunfa sobre la media luna del Profeta. Y, epilogando el drama, anochecido ya, apoteosis de retablo patriótico, el santo —un niño— irrumpe a caballo sobre las almenadas torres, nimbado de luces de artificio, como bajado del cielo y arroja saetas a la morisma derrotada. ¡Todavía el pueblo admira y aplaude, inefable, el milagro! No es tópico si decimos que todo Alcoy —en balcones, azoteas, postes y hombros—, está esa noche, compacto, hecho una pieza, en la amplia plaza, embebido en la taumatúrgica aparición. Materialmente es imposible no ya dar un paso, sino ni siquiera moverse» Un verdadero mar de gente. Hasta eso es digno de ser visto.

Con todo lo que te cuento, seguro que no aciertas, lector, a formarte cabal idea de fiesta tan singular como es la de Moros y Cristianos de Alcoy. Ella excede con mucho de ser una realidad concreta, para entrar de lleno en el reino de la fantasía. No falta quien la calificó de colosal "ballet". Efectivamente, todo el secreto de las fiestas de Alcoy está en el ritmo. Ritmo en los pies y brazos de más de mil figurantes. Ritmo tienen los cabos —figuras centrales del "ballet"— de las formaciones; ritmo sus ademanes amplios y elegantes, por los que resbala, como un lirio, la encendida llama de la espada. Ritmo tienen las escuadras de las comparsas —veintisiete— verdaderos coros en fila que acompasan los movimientos del cabo. El ritmo es vivaz y gracioso —de canto de gallo en las madrugadas— en el pasodoble; un pasodoble marcadamente alcoyano —o no sirve para el "ballet"—, que no podrás identificar, por poco entendido que seas en música, con los pasodobles al uso. Que no todos los pasodobles se acomodan al aire de la fiesta de Alcoy.

Y el ritmo es también lento, sensual, incitante —de odalisca en el harén o serpiente ante el flautista—, en las marchas "moras", en cuyas partituras juegan un papel predominante, trombones y chirimías, timbales y redoblantes. Los compositores locales escribieron mucha música exclusivamente 'para la fiesta. Son verdaderas obras de concierto que, no sabes lo que tienen, pero enardecen y unifican las almas de todos los alcoyanos; que las fiestas de Alcoy son, antes que nada, la unidad de medida del pueblo, en la más completa y cerrada introversión humana que pueda darse.

Y ritmo tienen las batallas, saturadas las calles de una espesa telaraña de humo de pólvora —700.000 disparos en un día—, el tambor redobla incesante y la trompeta incita al disparo, y los festers, "uno tras otro, disparan acompasados los arcabuces, que retumban en el aire como un arpegio de notas graves. Todo está sujeto a ritmo en este "ballet" colosal que son las fiestas de Alcoy. "Ballet" sobre un escenario natural de costaneras rúas, decoradas con telones blancos y cruces bermejas de San Jorge en los balcones de las casas y la bambalina tremendamente azul de veste de Inmaculada

¿Y tú sabes, lector, lo que más agrada de las fiestas de Alcoy? El que los alcoyanos las "hacen" para su deleite. Acontece con ellas lo que con ese casero plato de dulce, que sabe mejor que el de confitería. En él no esperes hallar remilgos, porque mamá no es una pastelera profesional, pero sucedáneos y química tenlo por seguro que no hay; antes al contrarío, todos los ingredientes son buenos y, lo que es mejor, auténticos.

Hechos los alcoyanos a vivir soterrados entre montes, su fiesta aún es candorosa y zurita. Aún está incontaminada de turismo. Los festeros sienten verdadera vocación de festeros; se costean sus gastos, guardan sus trajes, prueban sus armas, contratan 1os caballos, disponen hasta los más mínimos detalles, Un festero no se cambia por nada del mundo en esos tres dias de abril —22, 23 y 24—, porque está en su centro. Se sabe Rey de la Creación, protagonista no de un espectáculo, sino de lo único realmente serio y trascendente, capaz de mover a todo un pueblo y ponerlo en pie. En su cometido vierte toda la unción y sentimiento imaginables. Así sale como sale el "ballet" de los moros y cristianos de Alcoy, que, pese a ponerlo en escena todos los años, desde hace algunos cientos, es para los indígenas cosa inédita siempre, verdadero parto anual de un pueblo que, en fuerza de mirar hacia dentro, acabó en el mejor y más envidiable de los narcisismos: enamorándose hasta el tuétano de sí mismo.

Rafael COLOMA

Artículo que mereció el Premio "Prensa Ciudad de Alcoy 1958", en el concurso organizado por el Excelentísimo Ayuntamiento.