3) Los hechos: los primeros años de la Compañía en Grecia
 
 
 
LA COMPAÑÍA CATALANA EN BIZANCIO
Ernest Marcos,
L'Avenç, 213, Abril 1997,
pp. 12-17.
 
«En el mes de Gemelion de la segunda indicción (septiembre de 1303) la ciudad de Constantinopla vio llegar al latino Roger con siete naves propias y una numerosa flota aliada de catalanes y almogávares: tanto bueno no lo habías visto nunca» (Pach. De Andr. V 12). Esta frase lapidaria del historiador Jorge Paquimeres resume perfectamente el juicio de las fuentes bizantinas sobre las «grandes maravillas y victorias de catalanes y aragoneses en Romania» que nos describe con entusiasmo el cronista y miembro destacado de la expedición Ramón Muntaner (Crónica, cap. 193)
Se trata de dos visiones antitéticas y, en cierto modo, complementarias que compara en uno de sus estudios más conocidos el primer historiador moderno de la «dominación catalana en Grecia», Antonio Rubió i Lluch. Mientras que el autor bizantino puso fin a su obra con la reunión de los almogávares bajo el mando de Bernat de Rocafort en la península de Cassandria el verano de 1307, Muntaner, que abandonó la Compañía Catalana por estas mismas fechas, nos ofrece un breve resumen de segunda mano de los avatares que condujeron a la victoria de Halmyros (Almiros) y la conquista del ducado de Atenas en marzo de 1311. Más allá de esta fecha no se aventura a fin de (según dice) no faltar a la verdad (Muntaner, Crónica, cap. 243). El ejemplo del escrupuloso cronista fue seguido por muchos historiadores posteriores (al frente de todos, el noble erudito Francisco de Moncada, marqués de Aytona (1586-1635) hasta llegar también a nuestros días: parece como si los ochenta y tantos siguientes de existencia del llamado Estado catalán en Grecia no hubiesen sido otra cosa que un apéndice poco interesante de las gestas de Roger de Flor, Entença y Rocafort. (...)

Roger de Flor en Constantinopla
Como es bien sabido, la Compañía Catalana tuvo su origen en la situación producida por la firma de la Paz de Caltabellotta entre el rey catalán Federico II de Sicilia y el monarca angevino Carlos II de Nápoles en agosto de 1302, que ponía fin a la Guerra del Vespro iniciada veinte años antes con la revuelta de las Vísperas Sicilianas y la consiguiente invasión de la isla mediterránea por Pedro el Grande de Aragón (1282). Los almogávares catalanes y aragoneses que habían luchado contra los angevinos al lado del rey Federico necesitaban para sobrevivir económicamente un nuevo campo de batalla y un nuevo señor. Éste va a encarnarse en la figura del emperador bizantino Andrónico II Paleólogo (1282-1328) que necesitaba refuerzos para la lucha contra los turcos en Asia menor y llegó a un acuerdo en la primavera de 1303 con Roger de Flor, hijo ilegítimo de un antiguo halconero del emperador Federico II y corsario perseguido por la Orden del Temple, de la cual había sido miembro.
Pocos meses después, como dice Paquimeres, Constantinopla vio la llegada de la flota procedente de Mesina con la Compañía reunida por Roger, que, según los pactos establecidos, va a recibir la importante dignidad militar de megaduque y la mano de una sobrina del emperador, María, hija del zar Iván Asén III y de Irene Paleologuina. No es nuestro propósito referir detalladamente las incidencias del primer año y medio de presencia de la Compañía Catalana en Oriente. Dejando de lado los inevitables enfrentamientos entre los mercaderes genoveses de Gálata, siempre celosos defensores de sus privilegios comerciales en el Imperio, y las no menos inevitables tensiones con el otro ejército mercenario del emperador, los alanos, los almogávares dedicaron ese tiempo a combatir con éxito a los turcos del «dominio de Anatolia», Asia menor en palabras de Muntaner. En aquellos meses, las fuerzas catalanas se incrementaron considerablemente con las llegadas sucesivas de Bernat de Rocafort y Berenguer de Entença con sus hombres, que van a provocar los primeros conflictos con el emperador. Cuando la Compañía se instaló en Galípoli para revisar los términos del acuerdo, las relaciones entre almogávares y griegos ya estaban seriamente deterioradas.

Nuestra tradición señala como principal culpable de la discordia al coemperador Miguel IX Paleólogo, que reinaba en sociedad con su padre Andrónico II desde 1295 hasta su muerte en 1320, movido por la envidia que sentía de los éxitos militares de Roger de Flor. Cuando Roger obtuvo definitivamente del emperador la cesión en feudo de las posesiones bizantinas de Asia menor, exceptuando las grandes ciudades, y la nueva e ilustre dignidad de césar, mientras que Entença heredaba la de megaduque, la reacción de Miguel IX habría sido ordenar el asesinato a traición del capitán de los almogávares en su propio palacio de Adrianópolis el 30 de abril de 1305. Los miembros supervivientes de la Compañía Catalana, azuzados por los bizantinos, se habrían visto así obligados a defenderse con las armas: la «Venganza Catalana» no habría sido otra cosa que la respuesta inevitable, la única posible a tanta traidora e insana precipitación del coemperador. En vez de esta visión, sicologizante y simplista, la lectura de algunos documentos de aquellos años publicados por Rubió i Lluch en el Diplomatari, nos proporciona una explicación más fundamentada en la realidad política por la tensión acumulada entre catalanes y bizantinos entre 1303 y 1305. La clave de este conflicto radica en el pasado, concretamente en el cúmulo de circunstancias que seguirán a la reconquista bizantina de Constantinopla en 1261 por el padre de Andrónico II, el muy discutido emperador Miguel VIII (1259-1282).

La reconquista de la Romania
El heredero exiliado del Imperio latino de Constantinopla fundado por los caballeros de la Cuarta Cruzada en 1204, el emperador Balduino II de Courtenay (1228-1261), dedicó el resto de su vida a promover con la protección de la Santa Sede una cruzada contra la cismática Bizancio. Las hábiles iniciativas diplomáticas de Miguel VIII, entre otras su apoyo a la frustrada cruzada a Tierra Santa de Jaime de Aragón (1269), la proclamación de la unión de las Iglesias católica y ortodoxa en el II Concilio de Lyon (1274) y, finalmente, la participación en la conjura catalano-siciliana que condujo a la revuelta de las Vísperas Sicilianas de marzo de 1282, van a frustrar los ambiciosos planes de Balduino y de su mayor aliado, el poderoso Carlos de Anjou, conde de Provenza y rey de Sicilia, heredero como tal de la enemistad de los monarcas normandos de este reino contra los emperadores bizantinos.

Detenido durante los largos años del enfrentamiento catalano-angevino en el Mediterráneo, el «negoci de Romània», como se llamaba la empresa de reconquista de Constantinopla, revivió en 1301 con el matrimonio de la emperatriz titular Caterina de Courtenay, nieta de Balduino II, con Carlos de Valois, hermano del rey Felipe IV de Francia. El príncipe francés ya tenía experiencia como pretendiente a tronos ocupados por otros monarcas: él es «el rei del xapeu» de Bernat Desclot y Ramon Muntaner, el «rey» de Aragón investido por el papa Martín IV en el momento de la invasión francesa de Cataluña en 1285 (B. Desclot, Llibre del rei en Pere, cap. 136; Muntaner, Crónica, cap. 103). En este momento, sin embargo, Carlos de Valois, necesitado de ayuda económica y militar para su empresa, buscó la ayuda de los reyes hermanos, pero no siempre amigos, Jaime II de Aragón (rey de Sicilia, 1285-96, y de Aragón, 1291-1327) y Federico II de Sicilia (1296-1337).
La reacción de ambos monarcas va a ser distinta. Mientras Jaime guardó una actitud respetuosa pero distante y prudente hacia una iniciativa que podía suponer el establecimiento de un nuevo centro de poder francés en el extremo del Mediterráneo oriental, Federico, de acuerdo con la tradición siciliana a la que acabamos de hacer referencia, mostró interés por los planes de la pareja imperial en el exilio y firmó poco después de la paz de Caltabellotta un pacto con Carlos de Valois «ad acquisitionem Imperii Constantinopolitani». Cuando, pocos meses después, el rey de Sicilia concedió apoyo logístico y financiero a la expedición de Roger de Flor en ayuda de Bizancio, se recuperó aparentemente la antigua alianza antifrancesa de la Corona de Aragón con el Imperio Griego. Parece, sin embargo, que las intenciones de Federico respecto de la Compañía Catalana eran de otro jaez: pensaba utilizarla como quinta columna para conquistar la Romania desde el interior, ya fuera en interés de Carlos de Valois o en su propio interés.
En el verano de 1304, el almirante Roger de Lluria va a hacer llegar personalmente a Jaime II una petición de ayuda y consejo sobre el asunto de Romania de parte del rey de Sicilia (DOC, XI, pp. 11-12). La respuesta del monarca catalán fue amable pero evasiva, «pues el asunto era dudoso e incierto» (DOC, XIII, p. 14). En octubre del año siguiente llegaba a Galípoli, donde se encontraban las fuerzas catalanas de vuelta de Asia menor, Berenguer de Entença con trescientos caballeros y mil almogávares. Según una relación anónima de los hechos de la Compañía catalana en Romania hasta finales de 1305, conservada en el Archivo de la Corona de Aragón de Barcelona, Entença llevaba instrucciones concretas del rey Federico para organizar una revuelta de los almogávares descontentos contra el emperador. La ofensiva debía completarse con el ataque de una flota de dos galeras armadas que, bajo el mando de Sancho de Aragón, hijo ilegítimo de Pedro el Grande, abandonó Sicilia camino de aguas griegas en el invierno de 1304 (DOC, XV, pp. 16-19). El plan fracasó aparentemente por la negativa de Roger de Flor a secundarlo y la traición del propio Entença, que prefirió entenderse con el emperador Andrónico siguiendo quizá instrucciones secretas del rey Jaime II de Aragón. El monarca catalán continuaba aparentemente sin ver con buenos ojos la posible conquista franco-siciliana de Constantinopla (DOC, X, pp. 10-11).

La evidencia del peligro que suponía la presencia en tierra imperial de un ejército extranjero con conexiones tan íntimas con los enemigos de Bizancio era demasiado grande para seguir ignorándola. Con toda probabilidad, el coemperador Miguel IX va a creer posible la neutralización definitiva de los almogávares por medio del asesinato de su jefe y de los hombres que lo acompañaban, pero la situación se le escapó de las manos después de ser derrotado por las fuerzas supervivientes en Apros (junio-julio 1305). Desde ese momento, los catalanes hicieron la guerra al Imperio ante las mismas puertas de Constantinopla, una situación que no se había repetido desde la reconquista de la capital en 1261. Muerto Roger y encontrándose lejos Entença, cautivo en manos de los genoveses, la Compañía Catalana se agrupó en torno a la figura controvertida del senescal del ejército, Bernat de Rocafort, un personaje con ambiciones propias y dispuesto a vender caro el apoyo de las tropas a cualquier pretendiente extranjero.

A lo largo del año 1306, Carlos de Valois desarrolló una frenética actividad diplomática para asegurarse el apoyo de la Santa Sede y la República de Venecia para una cruzada que aprovechase la situación de la Compañía Catalana contra Bizancio, pero las negociaciones que mantuvo al respecto con el liberador Berenguer de Entença, erigido en representante en Occidente de los almogávares bajo el patrocinio de Jaime II de Aragón, fracasaron por falta de un acuerdo económico.
Por otro lado, Federico de Sicilia, que había observado en silencio el curso de los acontecimientos, tomó entonces la iniciativa de aprovechar la situación en beneficio propio y envió a los almogávares como representante suyo al infante Ferrán de Mallorca, hijo del rey Jaime II de Mallorca en marzo de 1307 (DOC, XXXII, pp. 38-40). Su misión era tomar el mando de la guerra contra el Imperio y, probablemente, conquistar Constantinopla para Federico, pero las hábiles intrigas de Rocafort, que temía perder el ascendente sobre el ejército con la vuelta de Berenguer de Entença, impidieron que la Compañía aceptara someterse al rey de Sicilia.

Tras el asesinato de Entença a manos de los partidarios de Rocafort, el infante y su fiel Muntaner abandonaron la Compañía, instalada entonces en la península de Cassandria. Fue allí donde, en la primavera de 1308, Rocafort impulsó definitivamente la adhesión formal de la Compañía Catalana a la causa de Carlos de Valois, siguiendo la recomendación que le había hecho en este sentido el rey Jaime II de Aragón. El monarca catalán confiaba obtener como recompensa a su apoyo la recuperación del Valle de Arán de manos del rey de Francia (DOC XXXVIII, p. 48 y XXXIX, p. 49). Tratando de evitar la presencia de una personalidad popular catalana en la Compañía, Rocafort se equivocó aceptando el representante de Carlos, Tibald de Chepoy, que lo derrocó a finales de 1308 y lo entregó a su enemigo, el rey Roberto de Nápoles. Convertido en jefe del ejército almogávar, Chepoy, consciente de las dificultades económicas del conde de Valois, que hacían difícil de prevenir el inicio de la cruzada contra Constantinopla, y de la necesidad de buscar un nuevo centro de aprovisionamiento para sus hombres, volvió la mirada hacia los estados latinos del centro de Grecia para encontrar allí un nuevo señor. De este modo, la amenaza que representaba la Compañía Catalana se alejó de las tierras de Bizancio. El sueño de Carlos de Valois y Federico de Sicilia de conquistar Constantinopla con la ayuda de los almogávares se desvaneció definitivamente.
 

LAS PERIPECIAS DE LA COMPAÑÍA CATALANA
 
F. Giunta,
Aragoneses y catalanes en el Meditterráneo,
(Barcelona, Ariel 1989).
 
Dos fases netamente diferenciadas caracterizan las empresas de la Compañía Catalana en Levante. Una primera anarcoide, en la que los catalanes cambian a menudo de jefes, pasando del servicio del emperador al de Carlos V de Valois y al de Gualterio de Brienne, mientras que Federico III intenta retomar en sus manos el control de los mercenarios.
La segunda, posterior a la batalla de Cefiso (1311) corresponde al período de asentamiento en Grecia, de la sumisión indirecta al rey de Sicilia y de la ampliación, consolidación y organización de los territorios conquistados.
La expedición oriental surge de la confluencia de tres intereses: el de Federico de Sicilia de deshacerse de los almogávares que después de la paz de Caltabellotta (1302) estaban inoperantes y causaban desórdenes en la isla; el del ex templario Roger de Flor, que después del mismo acontecimiento tenía interés en no ser entregado, por sus antecedentes, en manos de sus adversarios; y finalmente el del emperador Andrónico II, que tenía urgente necesidad de tropas para conjurar el peligro turco que avanzaba desde Asia menor. La iniciativa partió deFlor y no podía ser de otra manera dado el compromiso contraído por Federico III con Carlos de Valois de no ayudar de manera alguna a Andrónico (...) Para el Paleólogo pagar mercenarios fue siempre más cómodo que mantener un ejército efectivo. En el verano de 1303, con 32 naves, la Compañía, que además contaba con 6.500 miembros, navegó hacia Constantinopla.

El periodo de la anarquía
Pero la llegada del cuerpo expedicionario a Bizancio fue el origen de la rivalidad catalano-genovesa. Los mercaderes italianos, que veían en el nuevo aliado del emperador un peligro grave para sus posiciones, sobre todo económicas, que conservaban en territorio bizantino, quisieron en un primer momento manifestar su propia aversión a la Compañía. Esta hostilidad se inició con una primera demostración que se tradujo en una severa y sangrienta lección para los genoveses "con gran satisfacción del ofendido Andrónico", y que culmina en la captura de Berenguer de Entença y en el ataque de Spinola a las posiciones catalanas en Galípoli. En realidad, la Compañía no preparaba en absoluto una preponderancia económica de los catalanes en el Imperio bizantino, sino que más bien su actividad oriental perjudica el desarrollo del tráfico normal.

Las operaciones de los catalanes más allá del Bósforo, que tuvieron como base la península de Artaki, se desarrollaron victoriosamente, suscitando los celos de Miguel IX y los genoveses: desde Artaki a Filadelfia, a Ninfeon, a Magnesia, a Tirreo se produce una sucesión de combates victoriosos y un incremento del botín no siempre sólo en perjuicio de los enemigos. La amenaza turca, por el momento, fue alejada del Imperio. «Esta victoria (escribe Ostrogorsky) prueba que habría sido suficiente un pequeño pero sólido ejército para salvar la situación. La trágica suerte del Imperio bizantino se debió a no tener ese ejército y a poder reclutar sólo uno mercenario. Ahora bien, un ejército de origen extranjero era un arma de doble filo, sobre todo cuando constituía un cuerpo autónomo que no disponía de ningún medio de autoridad ni de presión.»

En realidad, el remedio resultó peor que el mal. Debemos dar fe a las afirmaciones de Paquimeres cuando narra las atrocidades realizadas por los mercenarios contra los mismos aliados, contra los griegos de Asia menor: violencia a las personas, latrocinios y muertes caracterizan el asentamiento asiático de los catalanes. Por otra parte, sólo esto puede explicarnos la oleada anticatalana que llevó en abril de 1305 al asesinato de Roger de Flor en Adrianópolis y a la feroz reacción de la Compañía. La guerra se desencadenó entre los antiguos aliados y la península de Galípoli se convirtió en una nueva base catalana de operaciones bélicas.

Mientras tanto (1304) se desarrolla un intenso trabajo diplomático en torno a la Compañía en territorio bizantino. Existe una tentativa de Berenguer de Entença, en vísperas de su partida para Oriente, de comprometer a Jaime II en los asuntos de la Compañía y también otra de Federico III, que manifiesta a su hermano sus designios «sobre la acción en Romania, o sea sobre conquistarla» y además también busca el apoyo pontificio. Pero el rey de Aragón no ve muy claros los proyectos del hermano: promete su ayuda pero no da ningún consejo sobre una cosa «dudosa e incierta». El papa, en cambio, al que el rey Federico había enviado dos frailes predicadores, considera el aspecto positivo de la intervención siciliana en Oriente tanto para la Iglesia como para el mismo pretendiente al trono imperial, Carlos de Valois, y da su aprobación.
Berenguer de Entença, en octubre de 1304, partió para Oriente con diez galeras, trescientos caballeros y mil infantes que le proporcionó Federico; en la primavera de 1305 lo siguió el hermanastro del rey isleño, Sancho de Aragón, con otras diez naves: los planes de Federico eran ocupar algunas islas bizantinas, crear una cabeza de puente en las costas sirias y atacar el territorio imperial. El designio de Federico III chocó contra la oposición de Roger de Flor y, después de la muerte de este último, de su sucesor al frente de la compañía, Berenguer de Entença, que «contra el mandato que le diera el rey y la promesa que éste le hiciera, transgrediendo las órdenes y faltando a lo convenido, ávido de su propio provecho, se adhirió al emperador y se convirtió en su vasallo».
Entença logró aislar a Sancho de Aragón y hacer que volviera a su patria. Pero el 31 de marzo de 1305 cayó en manos de los genoveses, de quienes sólo pudo rescatarlo la intervención de Jaime II. Durante su prisión, la Compañía, que había pasado al mando de Bernardo de Rocafort, consiguió victorias decisivas sobre el ejército imperial (junio-julio de 1305). «Desde ese momento en adelante (dice Muntaner) fue vencida toda Romania.» Y el terror a los catalanes se esparció por todo el Imperio a través de sus correrías y depredaciones que llegaron hasta los lugares más remotos y que enriquecieron enormemente a los miembros de la Compañía. El regreso de Entença no cambió la situación: en una especie de compromiso se estableció la coexistencia al mando del antiguo jefe, de Rocafort y de Fernando Ximenes d'Arenos.

Demasiados jefes a los que Federico III en vano intentó imponer uno propio: Ferdinando de Mallorca. (...) Las ambiciones y el espíritu de aventura de este hijo del rey de Mallorca eran tales que los contemporáneos lo consideraron por su juventud y también por su muerte precoz, la encarnación del ideal caballeresco de su época. Ferdinando de Mallorca siente irresistiblemente la atracción de Oriente, que se le presenta como la tierra más adecuada para las conquistas, que son las únicas que podían satisfacer su sed de poder y de bienes. (...)
Pero la llegada del infante mallorquín a Galípoli (primavera de 1307) más que llevar orden y disciplina al seno de la Compañía, agudizó las discordias entre los jefes. En efecto, de los tres comandantes, sólo Entença y Arenos juraron fidelidad al representante del rey Federico. Rocafort, en cambio, se declaró dispuesto a reconocer sólo la autoridad directa de Ferdinando, no la del rey de Sicilia. La hábil maniobra del jefe mercenario ponía en dificultades al infante, debido a los acuerdos establecidos con el tío; más aún, la explicación de Rocafort, que nos transmite Muntaner, es toda una filípica contra la actuación de Federico III respecto de la Compañía: «Nos ha dicho que lo recibiéramos en nombre del señor rey de Sicilia; pero cuidémonos de hacerlo; en efecto, sería mejor que nuestro señor fuese él y no el rey de Sicilia y esto porque al no tener ni tierra ni reino, siempre estará con nosotros y no con él. En cuanto al rey de Sicilia, sabéis desgraciadamente qué recompensa nos dio por los servicios que le prestamos nosotros y nuestros padres: ¡cuando obtuvo la paz, nos echó de Sicilia con un cántaro de pan! Y eso es algo que no debe borrarse de la mente y que debe hacernos responder abiertamente al señor infante que por nada del mundo quisiéramos recibirlo en nombre del rey de Sicilia; pero que sí estamos dispuestos a recibirlo en su propio nombre».
Es indudable que Rocafort contaba con la lealtad y fidelidad de Ferdinando hacia el rey Federico; pero también es sintomático que su opinión sea aceptada por todos, a tal punto que nadie negó nunca esa cuestión de principio, aunque muchos reconocieron la utilidad de la presencia de Ferdinando para una pacificación entre los jefes de la Compañía. Por otra parte, la crisis en el mando se producía en un momento delicado, cuando ya se había establecido la transferencia a otra región. La zona de Galípoli y sus alrededores, en efecto, según confesión de Muntaner, al cabo de diez jornadas estaba devastada, saqueada y deshabitada. De manera que la migración hacia nuevas tierras ricas en botín se hizo sobremanera necesaria. Mientras tanto se encaminaba hacia una solución la crisis del mando: los partidarios de Rocafort mataron a Entença mientras que Ximenes d'Arenos, con los suyos, prefería dejar la Compañía y prestar obediencia al emperador. La restablecida unidad en el mando tuvo como consecuencia la partida del infante y cerró este nuevo paréntesis de relaciones entre Federico III y la Compañía. Ferdinando, en el camino de regreso, topoó con los venecianos que acompañaban a Tibaldo de Cepoy; capturado en el estrecho de Negroponte, fue entregado a los Anjou.

La compañía catalana al servicio de Carlos de Valois y de Gualterio de Brienne
La Compañía, al trasladarse de Galípoli hacia Occidente dejó tras de sí huellas sangrientas. A pesar de las pérdidas sufridas en los varios combates, los efectivos de los mercenarios habían aumentado con el aporte de un considerable número de turcos. El nuevo emplazamiento (1307-1309) coincide con otro período de incursiones en esa zona que era considerada tierra nueva, o sea, rica en botín y que se presentaba muy bien al saqueo.
Pero Rocafort, que había quedado sólo en el mando y ya sin ningún apoyo político, como se había atrído la enemistad del rey de Mallorca y del Siciliano, pensó que haría bien aceptando la alternativa francesa que se presentaba en Oriente a través de las pretensiones imperiales de Carlos de Valois, sostenidas abiertamente por los venecianos, y también por Jaime II.
El representante de Carlos, Tibaldo de Cepoyue no tardó en tomar contacto con el jefe de la Compañía (...) y el acuerdo se alcanza con facilidad. La Compañía, que había tenido tantos señores, elegía uno nuevo: «Rocafort (escribe el cronista catalán), al ver que era mal visto por las casas de Sicilia, Aragón, Mallorca y por toda Cataluña, pensó acercarse a Carlos de Francia, con gravísimo perjuicio para una y otra parte». Pero hay algo más: esta vez se le rinde «juramento y homenaje» a Cepoy en nombre del rey Carlos: lo que no se había querido hacer con Ferdinando para el rey Federico.
En realidad, el emisario de Valois sólo fue el jefe nominal de la Compañía; el mando, en efecto, quedó firmemente en manos de Rocafort, que hizo pagar cara su sumisión a los franceses y empezó a alimentar ambiciones desmesuradas como, por ejemplo, la de convertirse en rey de Salónica y ampliar sus posesiones por medio de su matrimonio con Jeanette de Brienne, que lo relacionaría con Guy II de la Roche, duque franco de Atenas. Pero los proyectos de Rocafort chocaron con la susceptibilidad veneciana: la república adriática intervino con una sutil maniobra diplomática que puso a Cepoy contra el jefe catalán y provocó el final de Rocafort.

Durante la permanencia de la Compañía en la Calcídica, su actividad militar se había desarrollado en una doble dirección: por una parte, estaba dirigida a hacer capitular Salónica que, gracias a una victoria lograda por el general bizantino Jandreno, logró resistir hasta 1309; por la otra, hacia las riquezas que guardaban los monasterios del Monte Atos. Pero los repetidos ataques contra los lugares de meditación, a pesar de haber interesado en su favor a Jaime II, fallaron. Estos reveses militares y la penosa situación de la región obligaron una vez más a los catalanes a buscar otras tierras para lograr un botín. La nueva meta fue Tesalia; pero más que de una marcha (primavera de 1309) esta vez se trató de una rápida fuga, interrumpida por las derrotas sufridas en Salónica y en Verria e infligidas por el ya conocido Jandreno.

A pesar de la debilidad de Juan II Ángel, príncipe de Tesalia y duque griego de Neopatria, que gobernaba bajo la tutela de Guy II, y a pesar de las nuevas victorias logradas en esa región por el general bizantino, los catalanes no dejaron de lado ese territorio sino que realizaron devastaciones tales como para superar las precedentes de Tracia y de Macedonia. Pasaron como un incendio, dice elocuentemente Gregoras. Frente a esos horrores, el sebastocrátor Juan II prefirió en vez de la lucha abierta, el acuerdo con Tibaldo de Cepoy, a la vez que esperó alejar a la Compañía encaminándola hacia Beocia o Acaya. Pero el jefe de los catalanes entró en contacto con Venecia y trató de liberarse de esa peligrosa y onerosa orden. «El almirante francés (escribe Rubió) debía comprender perfectamente que con esos elementos tan indisciplinados como los catalanes no podía conseguir un resultado concreto; y terminó, pues, por decidirse a separar su acción de la de los catalanes y a renunciar a cualquier empresa oriental en nombre de Carlos de Valois». Por esta razón, Cepoy abandonó furtivamente la Compañía; y su partida determinó el asesinato de catorce de sus comandantes y algunas modificaciones en el estatuto que regulaba la vida interna de los mercenarios. Éstos reanudaron la marcha hacia Vlaquia, cuando Roger Deslaur les plateó la oferta de reclutamiento de Gualterio de Brienne, nuevo duque de Atenas

La conquista y la primera organización de los ducados de Atenas y Neopatria
El encuentro de la Compañía con Gualterio marca el comienzo de la resolución de la grave crisis que afectaba a esos soldados de ventura. Al igual que lo sucedido con Andrónico II, también para Brienne el enrolamiento de los mercenarios catalanes probó ser un arma de doble filo. En efecto, la Compañía, desgastada por su largo peregrinaje desde Sicilia a Asia menor, desde Tracia a Macedonia y luego a Tesalia, acusaba el cansancio. Es muy sintomático lo que dice la Crónica de Morea: a la invitación del duque de Atenas de entregar los castillos y las prendas conquistadas por su predecesor, catalanes y turcos respondieron «que no querían entregar los castillos y prendas que habían ganado, porque no sabían adónde ir, y ellos le rogaban que los dejase estar en paz».
Por primera vez los catalanes no sabían adónde trasladarse y advertían la exigencia de «estar en paz»; de esa manera revelaban que estaban cansados de ese nomadismo que hasta ahora había sido la impronta más evidente de su vida, y de la continua lucha contra enemigos y amigos. Sobre todo esto también debe de haber influido la riqueza que les habían procurado las continuas depredaciones.

Ahora bien, en estos motivos profundos hunde sus raíces la reacción violentísima de la Compañía contra su nuevo señor. Muntaner ha hablado de inobservancia de los partos por parte de Gualterio; la Crónica de Morea, en el fragmento ya citado, testimonia lo inconciliable del punto de vista de Brienne (que, fiel a la tradición, una vez alcanzados sus fines habría querido liberarse de los auxiliares incómodos) y de la Compañía, que ya está madura para una vida sedentaria. La batalla de Cefiso es la resultante de este estado de cosas. Y, como toda lucha por la supervivencia, fue particularmente cruenta; esto es lo que escribe sobre el tema el cronista catalán: «Y Dios que siempre ayuda al buen derecho ayudó tanto a la Compañía que de los setecientos caballeros sólo se salvaron dos; y todos los otros perecieron como había perecido el conde y los otros barones del principado y de Morea que habían acudido a destruir la Compañía... En este hecho perecieron todos los hombres de a caballo que estaban en la región, y perecieron unos veinte mil infantes. De manera que la compañía quedó dueña de la situación, y con esta batalla ganó todo el ducado de Atenas».
Con esta matanza de la mejor caballería franca se inició la parábola descendiente del espíritu de aventura que había distinguido a los diferentes traslados catalanes: «De este modo (continúa Muntaner) aseguraron su estado y plantearon tan bien su nueva existencia que si siguen conduciéndose con prudencia ellos y los suyos tendrán con esto honor para siempre.» No debe olvidarse que el cronista que hace tales afirmaciones había sido uno de los jefes de los almogávares. El ejército franco dejaba de ser un Estado independiente y en movimiento dentro de otros Estados para detenerse y organizarse en territorio propio. De esta manera, maduraba en perjuicio de los intereses francos una nueva realidad en la Grecia medieval. (...)

La transformación es repentina y significativa: se asiste también a una inserción violenta de los catalanes en la sociedad local, mientras que se alejan de ésta los turcos que se habían asociado sólo por el interés del botín. A los dos supervivientes de Cefiso, Bonifacio de Verona, señor de la tercera parte de Negroponte, y Rogelio Deslaur, se les ofrece el mando de la Compañía. Lo aceptó el segundo, al que se le dio como esposa a la viuda del conde Tomás II d'Autrementcourt y se le asignó el condado de Salona. El nuevo jefe guió a los mercenarios en la ocupación de Tebas y reglamentó la distribución «de todas las ciudades y los castillos de los ducados». Además se añade el hecho, socialmente importante, de que los catalanes «dieron las mujeres (del ducado) como mujeres a los de la compañía y al que era hombre notable le daban una dama notable». Al mismo tiempo se eliminaba cualquier resistencia interna, con el éxodo voluntario de muchos francos que se refugiaron en Negroponte.

Definida y consolidada su porpia posición en el ducado, los catalanes afrontaron un grave problema, el de colocarse bajo la égida de un señor, que en su nombre regularizaría la situación internacional de la Compañía. «Y cuando los catalanes se encontraron tan bien instalados en el ducado de Atenas y como señores del país, enviaron un mensaje al señor rey de Sicilia diciéndole que, si quería enviar a uno de sus hijos, juraban reconocerlo como señor y le confiarían todas las plazas y las fuerzas que tenían, ya que se daban cuenta de que sin un señor no podían estar bien, ahora que Dios los había beneficiado tanto.» Lo que dice Muntaner coincide con las demandas de la universitas llevadas a Sicilia por Deslaur. Los capitula estipulados por la corte de Federico demuestran antes que nada la voluntad de la Compañía de no reconocer la autoridad de Federico III sino de mantener su propia autonomía, con la elección de un señor propio, «verdadero, legítimo y natural». La relación además de unir a «fieles y vasallos» sería de la misma naturaleza de las existentes en Aragón o en Barcelona. Por su parte, Federico III, en nombre de su hijo, se comprometía a «regir (la compañía), gobernar, defender y mantener según las leyes de ellos en virtud de su poder, de la manera más conveniente que pudiera, según los fueros de Aragón o costumbres de Barcelona», así como a respetar todo beneficio adquirido en el seno de la Compañía.

Federico III no podía obviamente dejar que se le escapara la posibilidad de recuperar para la Compañía su esfera de influencia política, aunque a través de una autoridad mediata. Aceptó la oferta «voluntaria» para su segundo hijo Manfredo y envió, dada la poca edad del infante, como vicario general, a Berenguer Estañol de Ampurias. De esa manera, por la parte siciliana se ratificaba la nueva situación política y se establecía al mismo tiempo la autonomía del ducado. Estañol fue recibido en Grecia «como capitán y señor en nombre del infante Manfredo» y «estuvo al mando del ejército durante mucho tiempo bastante bien y bastante prudentemente, y como caballero experimentado que había llevado adelante muchos grandes hechos de armas». En los cinco años de gobierno, el vicario dio un planteamiento práctico a las relaciones con los estados limítrofes: con el déspota de Arta, el Imperio oriental, el principado de Morea y los venecianos de Negroponte; evitó acciones espontáneas y rechazó los ataques provenientes de los primeros dos vecinos. (...)

La situación del ducado después de la crisis producida en él a la muerte del infante mallorquín, se demostró susceptible de mejoramiento y fue inteligentemente manipulada por el hijo natural de Federico III, Alfonso Federico de Aragón (1317-1326), quien llegó a Grecia a finales de 1316 para reemplazar a Estañol en el cargo de vicario. Gobernó el ducado «con sensatez yprudencia»; en realidad, el período de su vicariado es el más espléndido para el dominio catalán, que alcanza su máxima expansión.
Alfonso Federico se casó con Marulla, hija de Bonifacio de Verona y como dote obtuvo los castillos de Caristo y Larmena en Negroponte, la isla de Egina y «trece buenos castillos en tierra firme». En 1318, la muerte del sebastocrátor Juan II Ángel le abrió el camino de Tesalia. De Siderócastro, Loidoriki, Domokos y Farsala, a los que agregó Zitunio y Gardiki, que le correspondían por parte de su mujer. El territorio conseguido (1319) fue organizado en un nuevo ducado que tomó el nombe de la plaza fuerte de Neopatria.

Poseemos pocos datos sobre la organización de los ducados durante el gobierno de Manfredo y Guillermo. Durante aproximadamente veinte años la Compañía mantuvo su forma de organismo esencialmente militar. Tardía fue su transformación en ente político por exigencia de la consolidación y defensa que caracteriza la vida de los ducados en esta época. Continuó siendo la «universidad del feliz ejército de los francos que existe en las tierras de Romania» y sólo más tarde empezará a llamarse societas. Para los venecianos se llamará siempre Compañía y Societas Cathalanorum para el pontífice. Jefe absoluto de la Compañía era el duque (en realidad su autoridad fue puramente nominal) que delegaba su poder en un gobernador que se llamó presidens, como Alfonso Federico, o capitaneus como Berenguer Estañol o Guillermo Thomas, o también vicarius generalis como Nicolás Lancia. Sin embargo, en este primer período el gobernador asumía en sus manos la autoridad civil y la militar.
En un segundo momento (después de 1331) los dos poderes estuvieron disociados: de hecho, era Lancia el vicario general, cuando Otón de Novelles era marescalus, jefe del ejército de la Compañía. La intervención directa de la Compañía en el ejercicio del poder y en la estipulación de los actos oficiales que asumían la responsabilidad de toda la comunidad, se explicaba a través de «síndicos y consejeros», que en ese momento eran elegidos por toda la Compañía, mientras luego, en cambio, lo fueron los exponentes de las ciudades dominicales. La cancillería era de nombramiento ducal.
Sobre la base del sistema administrativo y de las costumbres catalanoaragonesas también se desarrolló luego la organización periférica de los ducados con los vegueres y «castellanos», mientras que Tebas, Atenas, Livadia, Neopatria y Siderócastro constituyeron universitas individuales.
En el campo feudal pensamos que Federico III, en nombre de su hijo, no aportó las modificaciones al statu quo según la promesa de respetar y defender los derechos ya adquiridos. Pero observamos que el rey evitó nuevas e importantes enfeudaciones y respetó el derecho sobre las grandes ciudades. El único feudatario importante de ese período fue Alfonso Federico, que a los bienes de la dote de Marulla agregó la enfeudación de unos seis castillos. Estarán encabezados por la dinastía de los Federicos que, con los Laur y Novelles, serán los verdaderos señores de los ducados.