Roger de Flor en Constantinopla
Como es bien sabido, la Compañía Catalana tuvo
su origen en la situación producida por la firma de la Paz de Caltabellotta
entre el rey catalán Federico II de Sicilia y el monarca angevino Carlos
II de Nápoles en agosto de 1302, que ponía fin a la Guerra del Vespro iniciada
veinte años antes con la revuelta de las Vísperas Sicilianas y la consiguiente
invasión de la isla mediterránea por Pedro el Grande de Aragón (1282).
Los almogávares catalanes y aragoneses que habían luchado contra los angevinos
al lado del rey Federico necesitaban para sobrevivir económicamente un
nuevo campo de batalla y un nuevo señor. Éste va a encarnarse en la figura
del emperador bizantino Andrónico II Paleólogo (1282-1328) que necesitaba
refuerzos para la lucha contra los turcos en Asia menor y llegó a un acuerdo
en la primavera de 1303 con Roger de Flor, hijo ilegítimo de un antiguo
halconero del emperador Federico II y corsario perseguido por la Orden
del Temple, de la cual había sido miembro.
Pocos meses después, como dice Paquimeres, Constantinopla
vio la llegada de la flota procedente de Mesina con la Compañía reunida
por Roger, que, según los pactos establecidos, va a recibir la importante
dignidad militar de megaduque y la mano de una sobrina del emperador, María,
hija del zar Iván Asén III y de Irene Paleologuina. No es nuestro propósito
referir detalladamente las incidencias del primer año y medio de presencia
de la Compañía Catalana en Oriente. Dejando de lado los inevitables enfrentamientos
entre los mercaderes genoveses de Gálata, siempre celosos defensores de
sus privilegios comerciales en el Imperio, y las no menos inevitables tensiones
con el otro ejército mercenario del emperador, los alanos, los almogávares
dedicaron ese tiempo a combatir con éxito a los turcos del «dominio de
Anatolia», Asia menor en palabras de Muntaner. En aquellos meses, las fuerzas
catalanas se incrementaron considerablemente con las llegadas sucesivas
de Bernat de Rocafort y Berenguer de Entença con sus hombres, que van a
provocar los primeros conflictos con el emperador. Cuando la Compañía se
instaló en Galípoli para revisar los términos del acuerdo, las relaciones
entre almogávares y griegos ya estaban seriamente deterioradas.
Nuestra tradición señala como principal culpable de la discordia al coemperador Miguel IX Paleólogo, que reinaba en sociedad con su padre Andrónico II desde 1295 hasta su muerte en 1320, movido por la envidia que sentía de los éxitos militares de Roger de Flor. Cuando Roger obtuvo definitivamente del emperador la cesión en feudo de las posesiones bizantinas de Asia menor, exceptuando las grandes ciudades, y la nueva e ilustre dignidad de césar, mientras que Entença heredaba la de megaduque, la reacción de Miguel IX habría sido ordenar el asesinato a traición del capitán de los almogávares en su propio palacio de Adrianópolis el 30 de abril de 1305. Los miembros supervivientes de la Compañía Catalana, azuzados por los bizantinos, se habrían visto así obligados a defenderse con las armas: la «Venganza Catalana» no habría sido otra cosa que la respuesta inevitable, la única posible a tanta traidora e insana precipitación del coemperador. En vez de esta visión, sicologizante y simplista, la lectura de algunos documentos de aquellos años publicados por Rubió i Lluch en el Diplomatari, nos proporciona una explicación más fundamentada en la realidad política por la tensión acumulada entre catalanes y bizantinos entre 1303 y 1305. La clave de este conflicto radica en el pasado, concretamente en el cúmulo de circunstancias que seguirán a la reconquista bizantina de Constantinopla en 1261 por el padre de Andrónico II, el muy discutido emperador Miguel VIII (1259-1282).
La reconquista de la Romania
El heredero exiliado del Imperio latino de Constantinopla
fundado por los caballeros de la Cuarta Cruzada en 1204, el emperador Balduino
II de Courtenay (1228-1261), dedicó el resto de su vida a promover con
la protección de la Santa Sede una cruzada contra la cismática Bizancio.
Las hábiles iniciativas diplomáticas de Miguel VIII, entre otras su apoyo
a la frustrada cruzada a Tierra Santa de Jaime de Aragón (1269), la proclamación
de la unión de las Iglesias católica y ortodoxa en el II Concilio de Lyon
(1274) y, finalmente, la participación en la conjura catalano-siciliana
que condujo a la revuelta de las Vísperas Sicilianas de marzo de 1282,
van a frustrar los ambiciosos planes de Balduino y de su mayor aliado,
el poderoso Carlos de Anjou, conde de Provenza y rey de Sicilia, heredero
como tal de la enemistad de los monarcas normandos de este reino contra
los emperadores bizantinos.
Detenido durante los largos años del enfrentamiento
catalano-angevino en el Mediterráneo, el «negoci de Romània», como se llamaba
la empresa de reconquista de Constantinopla, revivió en 1301 con el matrimonio
de la emperatriz titular Caterina de Courtenay, nieta de Balduino II, con
Carlos de Valois, hermano del rey Felipe IV de Francia. El príncipe francés
ya tenía experiencia como pretendiente a tronos ocupados por otros monarcas:
él es «el rei del xapeu» de Bernat Desclot y Ramon Muntaner, el «rey» de
Aragón investido por el papa Martín IV en el momento de la invasión francesa
de Cataluña en 1285 (B. Desclot, Llibre del rei en Pere, cap. 136;
Muntaner, Crónica, cap. 103). En este momento, sin embargo, Carlos
de Valois, necesitado de ayuda económica y militar para su empresa, buscó
la ayuda de los reyes hermanos, pero no siempre amigos, Jaime II de Aragón
(rey de Sicilia, 1285-96, y de Aragón, 1291-1327) y Federico II de Sicilia
(1296-1337).
La reacción de ambos monarcas va a ser distinta.
Mientras Jaime guardó una actitud respetuosa pero distante y prudente hacia
una iniciativa que podía suponer el establecimiento de un nuevo centro
de poder francés en el extremo del Mediterráneo oriental, Federico, de
acuerdo con la tradición siciliana a la que acabamos de hacer referencia,
mostró interés por los planes de la pareja imperial en el exilio y firmó
poco después de la paz de Caltabellotta un pacto con Carlos de Valois «ad
acquisitionem Imperii Constantinopolitani». Cuando, pocos meses después,
el rey de Sicilia concedió apoyo logístico y financiero a la expedición
de Roger de Flor en ayuda de Bizancio, se recuperó aparentemente la antigua
alianza antifrancesa de la Corona de Aragón con el Imperio Griego. Parece,
sin embargo, que las intenciones de Federico respecto de la Compañía Catalana
eran de otro jaez: pensaba utilizarla como quinta columna para conquistar
la Romania desde el interior, ya fuera en interés de Carlos de Valois o
en su propio interés.
En el verano de 1304, el almirante Roger de Lluria
va a hacer llegar personalmente a Jaime II una petición de ayuda y consejo
sobre el asunto de Romania de parte del rey de Sicilia (DOC, XI, pp. 11-12).
La respuesta del monarca catalán fue amable pero evasiva, «pues el asunto
era dudoso e incierto» (DOC, XIII, p. 14). En octubre del año siguiente
llegaba a Galípoli, donde se encontraban las fuerzas catalanas de vuelta
de Asia menor, Berenguer de Entença con trescientos caballeros y mil almogávares.
Según una relación anónima de los hechos de la Compañía catalana en Romania
hasta finales de 1305, conservada en el Archivo de la Corona de Aragón
de Barcelona, Entença llevaba instrucciones concretas del rey Federico
para organizar una revuelta de los almogávares descontentos contra el emperador.
La ofensiva debía completarse con el ataque de una flota de dos galeras
armadas que, bajo el mando de Sancho de Aragón, hijo ilegítimo de Pedro
el Grande, abandonó Sicilia camino de aguas griegas en el invierno de 1304
(DOC, XV, pp. 16-19). El plan fracasó aparentemente por la negativa de
Roger de Flor a secundarlo y la traición del propio Entença, que prefirió
entenderse con el emperador Andrónico siguiendo quizá instrucciones secretas
del rey Jaime II de Aragón. El monarca catalán continuaba aparentemente
sin ver con buenos ojos la posible conquista franco-siciliana de Constantinopla
(DOC, X, pp. 10-11).
La evidencia del peligro que suponía la presencia en tierra imperial de un ejército extranjero con conexiones tan íntimas con los enemigos de Bizancio era demasiado grande para seguir ignorándola. Con toda probabilidad, el coemperador Miguel IX va a creer posible la neutralización definitiva de los almogávares por medio del asesinato de su jefe y de los hombres que lo acompañaban, pero la situación se le escapó de las manos después de ser derrotado por las fuerzas supervivientes en Apros (junio-julio 1305). Desde ese momento, los catalanes hicieron la guerra al Imperio ante las mismas puertas de Constantinopla, una situación que no se había repetido desde la reconquista de la capital en 1261. Muerto Roger y encontrándose lejos Entença, cautivo en manos de los genoveses, la Compañía Catalana se agrupó en torno a la figura controvertida del senescal del ejército, Bernat de Rocafort, un personaje con ambiciones propias y dispuesto a vender caro el apoyo de las tropas a cualquier pretendiente extranjero.
A lo largo del año 1306, Carlos de Valois desarrolló
una frenética actividad diplomática para asegurarse el apoyo de la Santa
Sede y la República de Venecia para una cruzada que aprovechase la situación
de la Compañía Catalana contra Bizancio, pero las negociaciones que mantuvo
al respecto con el liberador Berenguer de Entença, erigido en representante
en Occidente de los almogávares bajo el patrocinio de Jaime II de Aragón,
fracasaron por falta de un acuerdo económico.
Por otro lado, Federico de Sicilia, que había
observado en silencio el curso de los acontecimientos, tomó entonces la
iniciativa de aprovechar la situación en beneficio propio y envió a los
almogávares como representante suyo al infante Ferrán de Mallorca, hijo
del rey Jaime II de Mallorca en marzo de 1307 (DOC, XXXII, pp. 38-40).
Su misión era tomar el mando de la guerra contra el Imperio y, probablemente,
conquistar Constantinopla para Federico, pero las hábiles intrigas de Rocafort,
que temía perder el ascendente sobre el ejército con la vuelta de Berenguer
de Entença, impidieron que la Compañía aceptara someterse al rey de Sicilia.
Tras el asesinato de Entença a manos de los partidarios
de Rocafort, el infante y su fiel Muntaner abandonaron la Compañía, instalada
entonces en la península de Cassandria. Fue allí donde, en la primavera
de 1308, Rocafort impulsó definitivamente la adhesión formal de la Compañía
Catalana a la causa de Carlos de Valois, siguiendo la recomendación que
le había hecho en este sentido el rey Jaime II de Aragón. El monarca catalán
confiaba obtener como recompensa a su apoyo la recuperación del Valle de
Arán de manos del rey de Francia (DOC XXXVIII, p. 48 y XXXIX, p. 49). Tratando
de evitar la presencia de una personalidad popular catalana en la Compañía,
Rocafort se equivocó aceptando el representante de Carlos, Tibald de Chepoy,
que lo derrocó a finales de 1308 y lo entregó a su enemigo, el rey Roberto
de Nápoles. Convertido en jefe del ejército almogávar, Chepoy, consciente
de las dificultades económicas del conde de Valois, que hacían difícil
de prevenir el inicio de la cruzada contra Constantinopla, y de la necesidad
de buscar un nuevo centro de aprovisionamiento para sus hombres, volvió
la mirada hacia los estados latinos del centro de Grecia para encontrar
allí un nuevo señor. De este modo, la amenaza que representaba la Compañía
Catalana se alejó de las tierras de Bizancio. El sueño de Carlos de Valois
y Federico de Sicilia de conquistar Constantinopla con la ayuda de los
almogávares se desvaneció definitivamente.
El periodo de la anarquía
Pero la llegada del cuerpo expedicionario a Bizancio
fue el origen de la rivalidad catalano-genovesa. Los mercaderes italianos,
que veían en el nuevo aliado del emperador un peligro grave para sus posiciones,
sobre todo económicas, que conservaban en territorio bizantino, quisieron
en un primer momento manifestar su propia aversión a la Compañía. Esta
hostilidad se inició con una primera demostración que se tradujo en una
severa y sangrienta lección para los genoveses "con gran satisfacción del
ofendido Andrónico", y que culmina en la captura de Berenguer de Entença
y en el ataque de Spinola a las posiciones catalanas en Galípoli. En realidad,
la Compañía no preparaba en absoluto una preponderancia económica de los
catalanes en el Imperio bizantino, sino que más bien su actividad oriental
perjudica el desarrollo del tráfico normal.
Las operaciones de los catalanes más allá del Bósforo, que tuvieron como base la península de Artaki, se desarrollaron victoriosamente, suscitando los celos de Miguel IX y los genoveses: desde Artaki a Filadelfia, a Ninfeon, a Magnesia, a Tirreo se produce una sucesión de combates victoriosos y un incremento del botín no siempre sólo en perjuicio de los enemigos. La amenaza turca, por el momento, fue alejada del Imperio. «Esta victoria (escribe Ostrogorsky) prueba que habría sido suficiente un pequeño pero sólido ejército para salvar la situación. La trágica suerte del Imperio bizantino se debió a no tener ese ejército y a poder reclutar sólo uno mercenario. Ahora bien, un ejército de origen extranjero era un arma de doble filo, sobre todo cuando constituía un cuerpo autónomo que no disponía de ningún medio de autoridad ni de presión.»
En realidad, el remedio resultó peor que el mal. Debemos dar fe a las afirmaciones de Paquimeres cuando narra las atrocidades realizadas por los mercenarios contra los mismos aliados, contra los griegos de Asia menor: violencia a las personas, latrocinios y muertes caracterizan el asentamiento asiático de los catalanes. Por otra parte, sólo esto puede explicarnos la oleada anticatalana que llevó en abril de 1305 al asesinato de Roger de Flor en Adrianópolis y a la feroz reacción de la Compañía. La guerra se desencadenó entre los antiguos aliados y la península de Galípoli se convirtió en una nueva base catalana de operaciones bélicas.
Mientras tanto (1304) se desarrolla un intenso
trabajo diplomático en torno a la Compañía en territorio bizantino. Existe
una tentativa de Berenguer de Entença, en vísperas de su partida para Oriente,
de comprometer a Jaime II en los asuntos de la Compañía y también otra
de Federico III, que manifiesta a su hermano sus designios «sobre la acción
en Romania, o sea sobre conquistarla» y además también busca el apoyo pontificio.
Pero el rey de Aragón no ve muy claros los proyectos del hermano: promete
su ayuda pero no da ningún consejo sobre una cosa «dudosa e incierta».
El papa, en cambio, al que el rey Federico había enviado dos frailes predicadores,
considera el aspecto positivo de la intervención siciliana en Oriente tanto
para la Iglesia como para el mismo pretendiente al trono imperial, Carlos
de Valois, y da su aprobación.
Berenguer de Entença, en octubre de 1304, partió
para Oriente con diez galeras, trescientos caballeros y mil infantes que
le proporcionó Federico; en la primavera de 1305 lo siguió el hermanastro
del rey isleño, Sancho de Aragón, con otras diez naves: los planes de Federico
eran ocupar algunas islas bizantinas, crear una cabeza de puente en las
costas sirias y atacar el territorio imperial. El designio de Federico
III chocó contra la oposición de Roger de Flor y, después de la muerte
de este último, de su sucesor al frente de la compañía, Berenguer de Entença,
que «contra el mandato que le diera el rey y la promesa que éste le hiciera,
transgrediendo las órdenes y faltando a lo convenido, ávido de su propio
provecho, se adhirió al emperador y se convirtió en su vasallo».
Entença logró aislar a Sancho de Aragón y hacer
que volviera a su patria. Pero el 31 de marzo de 1305 cayó en manos de
los genoveses, de quienes sólo pudo rescatarlo la intervención de Jaime
II. Durante su prisión, la Compañía, que había pasado al mando de Bernardo
de Rocafort, consiguió victorias decisivas sobre el ejército imperial (junio-julio
de 1305). «Desde ese momento en adelante (dice Muntaner) fue vencida toda
Romania.» Y el terror a los catalanes se esparció por todo el Imperio a
través de sus correrías y depredaciones que llegaron hasta los lugares
más remotos y que enriquecieron enormemente a los miembros de la Compañía.
El regreso de Entença no cambió la situación: en una especie de compromiso
se estableció la coexistencia al mando del antiguo jefe, de Rocafort y
de Fernando Ximenes d'Arenos.
Demasiados jefes a los que Federico III en vano
intentó imponer uno propio: Ferdinando de Mallorca. (...) Las ambiciones
y el espíritu de aventura de este hijo del rey de Mallorca eran tales que
los contemporáneos lo consideraron por su juventud y también por su muerte
precoz, la encarnación del ideal caballeresco de su época. Ferdinando de
Mallorca siente irresistiblemente la atracción de Oriente, que se le presenta
como la tierra más adecuada para las conquistas, que son las únicas que
podían satisfacer su sed de poder y de bienes. (...)
Pero la llegada del infante mallorquín a Galípoli
(primavera de 1307) más que llevar orden y disciplina al seno de la Compañía,
agudizó las discordias entre los jefes. En efecto, de los tres comandantes,
sólo Entença y Arenos juraron fidelidad al representante del rey Federico.
Rocafort, en cambio, se declaró dispuesto a reconocer sólo la autoridad
directa de Ferdinando, no la del rey de Sicilia. La hábil maniobra del
jefe mercenario ponía en dificultades al infante, debido a los acuerdos
establecidos con el tío; más aún, la explicación de Rocafort, que nos transmite
Muntaner, es toda una filípica contra la actuación de Federico III respecto
de la Compañía: «Nos ha dicho que lo recibiéramos en nombre del señor rey
de Sicilia; pero cuidémonos de hacerlo; en efecto, sería mejor que nuestro
señor fuese él y no el rey de Sicilia y esto porque al no tener ni tierra
ni reino, siempre estará con nosotros y no con él. En cuanto al rey de
Sicilia, sabéis desgraciadamente qué recompensa nos dio por los servicios
que le prestamos nosotros y nuestros padres: ¡cuando obtuvo la paz, nos
echó de Sicilia con un cántaro de pan! Y eso es algo que no debe borrarse
de la mente y que debe hacernos responder abiertamente al señor infante
que por nada del mundo quisiéramos recibirlo en nombre del rey de Sicilia;
pero que sí estamos dispuestos a recibirlo en su propio nombre».
Es indudable que Rocafort contaba con la lealtad
y fidelidad de Ferdinando hacia el rey Federico; pero también es sintomático
que su opinión sea aceptada por todos, a tal punto que nadie negó nunca
esa cuestión de principio, aunque muchos reconocieron la utilidad de la
presencia de Ferdinando para una pacificación entre los jefes de la Compañía.
Por otra parte, la crisis en el mando se producía en un momento delicado,
cuando ya se había establecido la transferencia a otra región. La zona
de Galípoli y sus alrededores, en efecto, según confesión de Muntaner,
al cabo de diez jornadas estaba devastada, saqueada y deshabitada. De manera
que la migración hacia nuevas tierras ricas en botín se hizo sobremanera
necesaria. Mientras tanto se encaminaba hacia una solución la crisis del
mando: los partidarios de Rocafort mataron a Entença mientras que Ximenes
d'Arenos, con los suyos, prefería dejar la Compañía y prestar obediencia
al emperador. La restablecida unidad en el mando tuvo como consecuencia
la partida del infante y cerró este nuevo paréntesis de relaciones entre
Federico III y la Compañía. Ferdinando, en el camino de regreso, topoó
con los venecianos que acompañaban a Tibaldo de Cepoy; capturado en el
estrecho de Negroponte, fue entregado a los Anjou.
La compañía catalana al servicio de Carlos
de Valois y de Gualterio de Brienne
La Compañía, al trasladarse de Galípoli hacia
Occidente dejó tras de sí huellas sangrientas. A pesar de las pérdidas
sufridas en los varios combates, los efectivos de los mercenarios habían
aumentado con el aporte de un considerable número de turcos. El nuevo emplazamiento
(1307-1309) coincide con otro período de incursiones en esa zona que era
considerada tierra nueva, o sea, rica en botín y que se presentaba muy
bien al saqueo.
Pero Rocafort, que había quedado sólo en el mando
y ya sin ningún apoyo político, como se había atrído la enemistad del rey
de Mallorca y del Siciliano, pensó que haría bien aceptando la alternativa
francesa que se presentaba en Oriente a través de las pretensiones imperiales
de Carlos de Valois, sostenidas abiertamente por los venecianos, y también
por Jaime II.
El representante de Carlos, Tibaldo de Cepoyue
no tardó en tomar contacto con el jefe de la Compañía (...) y el acuerdo
se alcanza con facilidad. La Compañía, que había tenido tantos señores,
elegía uno nuevo: «Rocafort (escribe el cronista catalán), al ver que era
mal visto por las casas de Sicilia, Aragón, Mallorca y por toda Cataluña,
pensó acercarse a Carlos de Francia, con gravísimo perjuicio para una y
otra parte». Pero hay algo más: esta vez se le rinde «juramento y homenaje»
a Cepoy en nombre del rey Carlos: lo que no se había querido hacer con
Ferdinando para el rey Federico.
En realidad, el emisario de Valois sólo fue el
jefe nominal de la Compañía; el mando, en efecto, quedó firmemente en manos
de Rocafort, que hizo pagar cara su sumisión a los franceses y empezó a
alimentar ambiciones desmesuradas como, por ejemplo, la de convertirse
en rey de Salónica y ampliar sus posesiones por medio de su matrimonio
con Jeanette de Brienne, que lo relacionaría con Guy II de la Roche, duque
franco de Atenas. Pero los proyectos de Rocafort chocaron con la susceptibilidad
veneciana: la república adriática intervino con una sutil maniobra diplomática
que puso a Cepoy contra el jefe catalán y provocó el final de Rocafort.
Durante la permanencia de la Compañía en la Calcídica, su actividad militar se había desarrollado en una doble dirección: por una parte, estaba dirigida a hacer capitular Salónica que, gracias a una victoria lograda por el general bizantino Jandreno, logró resistir hasta 1309; por la otra, hacia las riquezas que guardaban los monasterios del Monte Atos. Pero los repetidos ataques contra los lugares de meditación, a pesar de haber interesado en su favor a Jaime II, fallaron. Estos reveses militares y la penosa situación de la región obligaron una vez más a los catalanes a buscar otras tierras para lograr un botín. La nueva meta fue Tesalia; pero más que de una marcha (primavera de 1309) esta vez se trató de una rápida fuga, interrumpida por las derrotas sufridas en Salónica y en Verria e infligidas por el ya conocido Jandreno.
A pesar de la debilidad de Juan II Ángel, príncipe de Tesalia y duque griego de Neopatria, que gobernaba bajo la tutela de Guy II, y a pesar de las nuevas victorias logradas en esa región por el general bizantino, los catalanes no dejaron de lado ese territorio sino que realizaron devastaciones tales como para superar las precedentes de Tracia y de Macedonia. Pasaron como un incendio, dice elocuentemente Gregoras. Frente a esos horrores, el sebastocrátor Juan II prefirió en vez de la lucha abierta, el acuerdo con Tibaldo de Cepoy, a la vez que esperó alejar a la Compañía encaminándola hacia Beocia o Acaya. Pero el jefe de los catalanes entró en contacto con Venecia y trató de liberarse de esa peligrosa y onerosa orden. «El almirante francés (escribe Rubió) debía comprender perfectamente que con esos elementos tan indisciplinados como los catalanes no podía conseguir un resultado concreto; y terminó, pues, por decidirse a separar su acción de la de los catalanes y a renunciar a cualquier empresa oriental en nombre de Carlos de Valois». Por esta razón, Cepoy abandonó furtivamente la Compañía; y su partida determinó el asesinato de catorce de sus comandantes y algunas modificaciones en el estatuto que regulaba la vida interna de los mercenarios. Éstos reanudaron la marcha hacia Vlaquia, cuando Roger Deslaur les plateó la oferta de reclutamiento de Gualterio de Brienne, nuevo duque de Atenas
La conquista y la primera organización de los
ducados de Atenas y Neopatria
El encuentro de la Compañía con Gualterio marca
el comienzo de la resolución de la grave crisis que afectaba a esos soldados
de ventura. Al igual que lo sucedido con Andrónico II, también para Brienne
el enrolamiento de los mercenarios catalanes probó ser un arma de doble
filo. En efecto, la Compañía, desgastada por su largo peregrinaje desde
Sicilia a Asia menor, desde Tracia a Macedonia y luego a Tesalia, acusaba
el cansancio. Es muy sintomático lo que dice la Crónica de Morea:
a la invitación del duque de Atenas de entregar los castillos y las prendas
conquistadas por su predecesor, catalanes y turcos respondieron «que no
querían entregar los castillos y prendas que habían ganado, porque no sabían
adónde ir, y ellos le rogaban que los dejase estar en paz».
Por primera vez los catalanes no sabían adónde
trasladarse y advertían la exigencia de «estar en paz»; de esa manera revelaban
que estaban cansados de ese nomadismo que hasta ahora había sido la impronta
más evidente de su vida, y de la continua lucha contra enemigos y amigos.
Sobre todo esto también debe de haber influido la riqueza que les habían
procurado las continuas depredaciones.
Ahora bien, en estos motivos profundos hunde sus
raíces la reacción violentísima de la Compañía contra su nuevo señor. Muntaner
ha hablado de inobservancia de los partos por parte de Gualterio; la Crónica
de Morea, en el fragmento ya citado, testimonia lo inconciliable del
punto de vista de Brienne (que, fiel a la tradición, una vez alcanzados
sus fines habría querido liberarse de los auxiliares incómodos) y de la
Compañía, que ya está madura para una vida sedentaria. La
batalla de Cefiso es la resultante de este estado de cosas. Y, como toda
lucha por la supervivencia, fue particularmente cruenta; esto es lo que
escribe sobre el tema el cronista catalán: «Y Dios que siempre ayuda al
buen derecho ayudó tanto a la Compañía que de los setecientos caballeros
sólo se salvaron dos; y todos los otros perecieron como había perecido
el conde y los otros barones del principado y de Morea que habían acudido
a destruir la Compañía... En este hecho perecieron todos los hombres de
a caballo que estaban en la región, y perecieron unos veinte mil infantes.
De manera que la compañía quedó dueña de la situación, y con esta batalla
ganó todo el ducado de Atenas».
Con esta matanza de la mejor caballería franca
se inició la parábola descendiente del espíritu de aventura que había distinguido
a los diferentes traslados catalanes: «De este modo (continúa Muntaner)
aseguraron su estado y plantearon tan bien su nueva existencia que si siguen
conduciéndose con prudencia ellos y los suyos tendrán con esto honor para
siempre.» No debe olvidarse que el cronista que hace tales afirmaciones
había sido uno de los jefes de los almogávares. El ejército franco dejaba
de ser un Estado independiente y en movimiento dentro de otros Estados
para detenerse y organizarse en territorio propio. De esta manera, maduraba
en perjuicio de los intereses francos una nueva realidad en la Grecia medieval.
(...)
La transformación es repentina y significativa: se asiste también a una inserción violenta de los catalanes en la sociedad local, mientras que se alejan de ésta los turcos que se habían asociado sólo por el interés del botín. A los dos supervivientes de Cefiso, Bonifacio de Verona, señor de la tercera parte de Negroponte, y Rogelio Deslaur, se les ofrece el mando de la Compañía. Lo aceptó el segundo, al que se le dio como esposa a la viuda del conde Tomás II d'Autrementcourt y se le asignó el condado de Salona. El nuevo jefe guió a los mercenarios en la ocupación de Tebas y reglamentó la distribución «de todas las ciudades y los castillos de los ducados». Además se añade el hecho, socialmente importante, de que los catalanes «dieron las mujeres (del ducado) como mujeres a los de la compañía y al que era hombre notable le daban una dama notable». Al mismo tiempo se eliminaba cualquier resistencia interna, con el éxodo voluntario de muchos francos que se refugiaron en Negroponte.
Definida y consolidada su porpia posición en el ducado, los catalanes afrontaron un grave problema, el de colocarse bajo la égida de un señor, que en su nombre regularizaría la situación internacional de la Compañía. «Y cuando los catalanes se encontraron tan bien instalados en el ducado de Atenas y como señores del país, enviaron un mensaje al señor rey de Sicilia diciéndole que, si quería enviar a uno de sus hijos, juraban reconocerlo como señor y le confiarían todas las plazas y las fuerzas que tenían, ya que se daban cuenta de que sin un señor no podían estar bien, ahora que Dios los había beneficiado tanto.» Lo que dice Muntaner coincide con las demandas de la universitas llevadas a Sicilia por Deslaur. Los capitula estipulados por la corte de Federico demuestran antes que nada la voluntad de la Compañía de no reconocer la autoridad de Federico III sino de mantener su propia autonomía, con la elección de un señor propio, «verdadero, legítimo y natural». La relación además de unir a «fieles y vasallos» sería de la misma naturaleza de las existentes en Aragón o en Barcelona. Por su parte, Federico III, en nombre de su hijo, se comprometía a «regir (la compañía), gobernar, defender y mantener según las leyes de ellos en virtud de su poder, de la manera más conveniente que pudiera, según los fueros de Aragón o costumbres de Barcelona», así como a respetar todo beneficio adquirido en el seno de la Compañía.
Federico III no podía obviamente dejar que se le escapara la posibilidad de recuperar para la Compañía su esfera de influencia política, aunque a través de una autoridad mediata. Aceptó la oferta «voluntaria» para su segundo hijo Manfredo y envió, dada la poca edad del infante, como vicario general, a Berenguer Estañol de Ampurias. De esa manera, por la parte siciliana se ratificaba la nueva situación política y se establecía al mismo tiempo la autonomía del ducado. Estañol fue recibido en Grecia «como capitán y señor en nombre del infante Manfredo» y «estuvo al mando del ejército durante mucho tiempo bastante bien y bastante prudentemente, y como caballero experimentado que había llevado adelante muchos grandes hechos de armas». En los cinco años de gobierno, el vicario dio un planteamiento práctico a las relaciones con los estados limítrofes: con el déspota de Arta, el Imperio oriental, el principado de Morea y los venecianos de Negroponte; evitó acciones espontáneas y rechazó los ataques provenientes de los primeros dos vecinos. (...)
La situación del ducado después de la crisis producida
en él a la muerte del infante mallorquín, se demostró susceptible de mejoramiento
y fue inteligentemente manipulada por el hijo natural de Federico III,
Alfonso Federico de Aragón (1317-1326), quien llegó a Grecia a finales
de 1316 para reemplazar a Estañol en el cargo de vicario. Gobernó el ducado
«con sensatez yprudencia»; en realidad, el período de su vicariado es el
más espléndido para el dominio catalán, que alcanza su máxima expansión.
Alfonso Federico se casó con Marulla, hija de
Bonifacio de Verona y como dote obtuvo los castillos de Caristo y Larmena
en Negroponte, la isla de Egina y «trece buenos castillos en tierra firme».
En 1318, la muerte del sebastocrátor Juan II Ángel le abrió el camino de
Tesalia. De Siderócastro, Loidoriki, Domokos y Farsala, a los que agregó
Zitunio y Gardiki, que le correspondían por parte de su mujer. El territorio
conseguido (1319) fue organizado en un nuevo ducado que tomó el nombe de
la plaza fuerte de Neopatria.
Poseemos pocos datos sobre la organización de
los ducados durante el gobierno de Manfredo y Guillermo. Durante aproximadamente
veinte años la Compañía mantuvo su forma de organismo esencialmente militar.
Tardía fue su transformación en ente político por exigencia de la consolidación
y defensa que caracteriza la vida de los ducados en esta época. Continuó
siendo la «universidad del feliz ejército de los francos que existe en
las tierras de Romania» y sólo más tarde empezará a llamarse societas.
Para los venecianos se llamará siempre Compañía y Societas Cathalanorum
para el pontífice. Jefe absoluto de la Compañía
era el duque (en realidad su autoridad fue puramente nominal) que delegaba
su poder en un gobernador que se llamó presidens, como Alfonso Federico,
o capitaneus como Berenguer Estañol o Guillermo Thomas, o también
vicarius generalis como Nicolás Lancia. Sin embargo, en este primer
período el gobernador asumía en sus manos la autoridad civil y la militar.
En un segundo momento (después de 1331) los dos
poderes estuvieron disociados: de hecho, era Lancia el vicario general,
cuando Otón de Novelles era marescalus, jefe del ejército de la
Compañía. La intervención directa de la Compañía
en el ejercicio del poder y en la estipulación de los actos oficiales que
asumían la responsabilidad de toda la comunidad, se explicaba a través
de «síndicos y consejeros», que en ese momento eran elegidos por toda la
Compañía, mientras luego, en cambio, lo fueron los exponentes de las ciudades
dominicales. La cancillería era de nombramiento ducal.
Sobre la base del sistema administrativo y de
las costumbres catalanoaragonesas también se desarrolló luego la organización
periférica de los ducados con los vegueres y «castellanos», mientras
que Tebas, Atenas, Livadia, Neopatria y Siderócastro constituyeron universitas
individuales.
En el campo feudal pensamos que Federico III,
en nombre de su hijo, no aportó las modificaciones al statu quo según la
promesa de respetar y defender los derechos ya adquiridos. Pero observamos
que el rey evitó nuevas e importantes enfeudaciones y respetó el derecho
sobre las grandes ciudades. El único feudatario importante de ese período
fue Alfonso Federico, que a los bienes de la dote de Marulla agregó la
enfeudación de unos seis castillos. Estarán encabezados por la dinastía
de los Federicos que, con los Laur y Novelles, serán los verdaderos señores
de los ducados.